Y estaba allí sentado, con los pies hundidos en la arena, y la cabeza gacha, mirando las olas, no recordaba la última vez que había sentido fuego en el corazón, porque la humedad se cala dentro, como los remordimientos, te llega a los huesos y no te deja dormir, te recuerda los finos hilos de oro que poblaban a quien solías amar, aquellos cabellos que se volvieron cobrizos mientras se apagaba tu sentido común y se daba paso a la locura.
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